viernes, 16 de septiembre de 2016

La Casa

Imagínate un terreno, algo no muy amplio, pues en mi caso, soy pequeña y no puedo abarcar mucho.
Todo comenzó con los cimientos, maravillosos cimientos que ahora no recuerdo bien de qué material eran, pero lograron sostener la casa en pie hasta el momento de la tormenta.
Al cabo de unos años tenía una casa para llamar hogar. Una lo bastante grande para albergar dos familias sin duda alguna y quizás unas cuantas mascotas de las cuales ni siquiera habíamos hablado.
Todo se había construido pacientemente, había puesto lo mejor de mí en ella y en el transcurso, en mi deseo de verla imponente, olvidé quién era yo, qué buscaba, qué soñaba como yo como persona viviendo en ese sitio, con esa persona, en ese momento.
Me había enfocado tanto en ella que incluso mis flores se habían marchitado. Cada uno de mis días allí, por más que regaba y cuidaba mis plantas, todas morían una a una. ¿Sería yo quizás? No soy nadie sin ellas.
En los comienzos conté con ayuda, claramente pensé que no podía construir una casa yo sola y me brindaron una mano, que luego se hizo un abrazo y se selló con un beso. No sé qué sucedió realmente, solo sé que la ayuda se agotó, así como mi jardín, desapareció por completo.
Recuerdo que una noche le grité que se fuera si eso quería, pero una gran tormenta azotó la zona destruyendo parte de nuestro hogar. Los techos cesaron, las ventanas se rompieron; algunos árboles también cayeron ese día, lo recuerdo bien.  La lluvia cayó tan fuerte que nos deshizo.
Unos meses después decidí que debía salir de ese sitio, las paredes me encerraban, me sentía incómoda, debía hacer algo. Tomé el colectivo hacia el centro, sola. Suelo hacer cosas de manera impulsiva, llevé algo de dinero y me acerque a una agencia de reparaciones donde no me atendieron porque luego de la tormenta la energía se había ido. Me retiré dando un golpe a la puerta de vidrio y con las miradas de los empleados sobre mis hombros.
Destino, siempre es el destino el factor frecuente. Si hubiera ido unas horas antes, mi casa estaría como nueva.
Escuché recomendaciones de otro sitio y esta vez, sin duda me acerqué hasta allí donde un cartel me llamó la atención; mencionaba algo sobre aprender a construir uno mismo. Nuevamente impulsividad, destino, como quiera uno llamarle; me encontré participando en ese curso.
Estar ocupada me distrae de mis propios pensamientos.
Comencé algo tímida, expectante de encontrar la capacidad de hacer algo por mi misma.
Frente a mi se hallaban varias personas que también habían sufrido destrozos el día de la tormenta. Entre ellos, una dama, algo mayor, cuya casa de varios años no había sufrido tanto daño pero aún no estaba terminada. También se encontraba allí un muchacho joven, cuya casa, una relativamente nueva, había tenido graves daños debido a frágiles cimientos.
Unos días más tarde conocí a una chica cuya casa de diez años se encontraba en relativas buenas condiciones pero quería hacer algo más por sí misma y a un hombre cuyo hogar se redujo a nada.

Imagínate una casa, la construyes y un día una tormenta es capaz de destruirla, piensas desde entonces si deseas seguir viviendo en ella o quieres quizás construir una nueva. No estás seguro, solo sabes que es tu casa y que ha tomado mucho tiempo construirla para que luego se caiga en pedazos. No sabes bien dónde está el problema, quizás está ahí dentro tapado con una manta, lleno de tierra y polvo. Algunas veces, simplemente necesitas vivir en la calle un tiempo, para apreciar que no hay nada más hermoso que el calor del hogar, y muchas otras, es mejor dejar todo atrás y volver a empezar.